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martes, 25 de diciembre de 2012

Muñeca de trapo.


Todo va a ir bien, te dicen. Todo cambiará, todo sucede por alguna razón. Siempre dicen muchas cosas, sobran las palabras, y niegan los hechos. Un olvido despistado, una actitud no concordante a tus expectativas, una mirada que no debió estar ahí, las preferencias siempre hacia lo ajeno, ¿y tú? Tratada como una mierda, mexan por ti e tes que decir que chove. Duele, un puño de hierro te aplasta el corazón y notas como tus esperanzas se escurren al igual que tu sangre, entre esos dedos fríos y metálicos... Carentes de calidez, de cariño, de cualquier amor o empatía. Y tragas, tragas todo lo que te echen porque sino, ¿qué va a ser de ti? ¿Acaso quieres ser otra muñeca de trapo más olvidada en una esquina, porque cuando te rompiste nadie quiso jugar más contigo? Prefieres ser una marioneta y que al menos alguien mueva tus hilos, en algún momento decidiste que era mejor depender de los demás que tener importancia en algo alguna vez. Con tal de una mirada, de una sonrisa, ¿para qué? Sabes bien que no eres más que ese pedazo de tela de la esquina, que tira de sus propios cordeles fingiendo que la mueven, así, quizás, logres captar la atención de algún marionetista. Miras hacia arriba con angustia, deseando llegar a ser como ellos, cada gesto te devuelve a la realidad con más fuerza. Golpeas el suelo y rebotas un poco, ya no te duele, eres de trapo, de usar y tirar. ¿Te quieren? Te usan. ¿Ya no te quieren? Te tiran. Y en los momentos en los que te estrujan entre sus manos para exprimir hasta la última gota de tu felicidad, todo lo que puedes dar de ti se convierte en lo que ellos pueden dar de sí, sonríes por el mero hecho de que te tocaran.

¿Lo más triste de todo?

Eres plenamente consciente de ello.


sábado, 22 de diciembre de 2012

Tú, la que mueres por dentro.

Te duele el estómago y te arden los ojos. Tragas saliva y agachas la cabeza. Una de las mangas de tu sudadera se escurre por tu postura, codo sobre la mesa, la cabeza sobre la mano. Tiras de la manga hacia arriba con rabia.

Los cortes aún te duelen, te gustaría desinfectarlos al menos. Calmar el dolor.

Pero no. Te niegas. Sabes que no te sucederá nada grave, nada que sea digno de mención, y que el dolor seguirá permanente.

No te importa. Sonríes. Es lo que estabas buscando.

Tu sangre llora por ti. Nadie lo verá. Es tu secreto. Tuyo y sólo tuyo. Al igual que esa punzada en el corazón, enamorado de quien no debes.

Tú solo querías que te quisieran por una vez.

Sabes que nunca sucederá. Sabes que deberías aceptarlo. Acostúmbrate. Resígnate a la realidad.

Pero no puedes. Ansías con todo tu ser, nada te corresponde. Sufres, pero te callas. Aunque tus ojos hablen por ti.

Las lágrimas siguen insistiendo en humillarte.

¿Pero esa no es acaso tu especialidad? ¿Acaso no es el fingir tu mayor habilidad?

Lo es.

Te colocas bien la manga de la sudadera y respiras hondo. Te sientas bien y sonríes. Vivan las sonrisas falsas.

Tú, la mayor actriz de todos los tiempos.

Tú, la que mueres por dentro.

Ama y señora.

Lágrimas negras surcan tu rostro
mientras clamas clemencia
por todos esos actos, esos juguetes que volviste rotos,
lloras asegurando la de tu alma inocencia.


Sollozos teñidos de falso dolor
surcan el aire, navegando a la deriva,
buscas un puerto que acoja tu clamor
sin darte cuenta de que a nadie eres asidua.


Tristes se muestran las comisuras
de esos labios, cosidos de muñeca de trapo,
tras la máscara rota que de porcelana vuelve tu negrura
grietas blancas enseñan a ojos atentos tu oculto levanto.


Por mucho que intentes hacer ver
esa coraza, creada a golpe de egoísmo,
cierras tu mente y los demás observan tu oscuro placer,
que disfrutas siendo la ama de este lugar gobernado por feudalismo.


Aquí se acaba tu reinado
de sangre invisible, heridas inventadas, 
quizás ahora entiendas que es el fin de tu mundo creado
adiós para siempre digo, sonríes, sabes que en mí tus garras quedaron marcadas.

Hoy en día.

Falsos, hipócritas,
creen que el mundo
ante sus tuertas sonrisas rotas
se puede arrodillar.

Falsos, hipócritas,
ven en la sociedad
sólo dinero para mantas
que cubran su frialdad.

Falsos, hipócritas,
¡en ti quieren mandar!
Alza la voz y grita,
ello es tu libertad.

¡Falsos, hipócritas!
Vuestros rostros cubiertos
de mugre, pútrida suciedad.

¿Queríais dinero, placer,
que todo se pueda vender?
Tenlo, ¡cógelo de una vez!

A la cara os escupimos
vuestra profunda estupidez.

Falsos, hipócritas,
en los que nadie volverá a creer.

Pérdida.

¿Dónde quedó olvidado el brillo
de esa estrella polar que juraba inmortalidad
que iluminaba el a seguir camino
aún cuando me comandaba el pesar?

¿Dónde quedó esa estrella
que si bien polar puede que no fuera
pero que mi vida seguir no podría,
sin ella?

¿Dónde quedó ese sendero
que un faro luminoso guiaba?
¿Cuándo fue el día certero
que mis pasos en tierra se elevaban?

¿Dónde estás, castillo perdido,
que en mis sueños yo te recordaba,
que pesadillas te convierten en un hogar vacío,
que mis lagrimas añoraban?

¿Dónde? Pisadas sobre lecho de rosas,
oh bellas flores, ¿cuándo?
¿Cuándo vuestros pétalos de tacto, caricias clamorosas,
en mortales espinas van afilando?

Preguntarme yo puedo,
mas... ¿dónde están mis respuestas?
¿Qué soy, si no un lucero cuyo resplandor
se cambió por las penas puestas?

¿Dónde? ¿Cuándo?
¿Hacia qué lugar lejano partió
el alma, el espíritu,
que en mí siempre afloró?

¿Dónde descansa esa bella durmiente
que mi corazón mustio desea despertar?
¿Dónde y cuándo quedé olvidada
en este profundo e inexistente lugar?

Castillos en el aire.

Una dolorosa sensación de hormigueo sacude mi cuerpo cada vez que cierro los ojos y me imagino tus labios acariciando los míos, en una danza cada vez más enérgica y vivaz. Lenguas de fuego recorren cada centímetro de mi piel: tus manos, fuertes, cálidas, poderosas. Euforia que hace estallar mi corazón dentro del pecho. Saca alas y vuela a tu lado, pues tuyo es y tuyo siempre será, como desde siempre fue. Dulces silencios que se intercalan con los aullidos de un lobo feroz, harto de corderos, deseoso de un cazador. Ah... Es tan bello... Bello y doloroso, de ninguna otra manera sino ésta hieren las puñaladas que la realidad asesta al castillo de los cielos en el que, entre mullidos almohadones de nube y lágrimas convertidas en cristal, me tumbo a tu lado.

Inframundo.

Sumida en las catacumbas, tan sólo puede llorar y añorar aquellos tiempos en los que su sonrisa reflejaba felicidad, en vez de ser el previo aviso de la peor de las muertes.

La vida no es más que luchar.

Comandas en perpétua y clamorosa soledad la guerra del silencio, los lacrimosos ojos que tu rostro destrozan observan la caída de uno a uno todos tus soldados, sin comprender que por mucho que tus labios reclamen a voz en grito la ayuda de esa mano que apresa tu cuello cada vez más fuerte, nunca te alzarás con la victoria... Al igual que nunca caerás, pues tu condena es dirigir la perdida batalla de tu vida.

Oran vírotes de sangre esos demonios que tú veías ángeles.

Vivir es luchar, pelear en una batalla ya perdida es morir en vida.

Matando a un corazón.

Y tú no te das cuenta, de que con cada palabra de amor cavas mi tumba...

Y mis labios callan, porque lo no dicho se consume en las llamas del dolor y se queda en la nada.

Cubres mis heridas con sonrisas que flagelan por dentro, con ánimos que me reducen a polvo, dices que soy el Ave Fénix que siempre resurge de sus cenizas, pero soy un pájaro cuyas alas cortaste... La vida se escapa a cada segundo entre mis manos, la veo deslizarse por mis dedos y gotear en el suelo. Seguiría luchando si quedara algo por lo que luchar, si algo brillara en el horizonte, o si tuviera una Estrella Polar que seguir.

Sentenciaste mi final en el mismo momento en el que esos labios murmuraron, trazaste mis llagas beso sobre piel. Dibujas mi final sobre su cuerpo, tinta de sangre que se va lejos, y que nunca volverá...

Volé demasiado alto sin estar preparada para la caída, ¿pero acaso llegué a despegar en algún momento? Siempre con los pies en el suelo, y el alma encadenada al Inframundo.

Y nunca sabrás más de mí que un RIP, porque soy la que cayó a tus pies en medio del camino... La que se derrumbó para no levantarse más... Y sólo me queda decirte adiós. Te quiero murió en mí.

¿Debería hablar? No, mis labios fueron silenciados para la eternidad.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Lento, lento, lento.


Lento, lento, lento. Así deseabas que pasara el tiempo a su lado, exprimías cada segundo y lo transformabas en un infinito de ambrosía que después, cuando tan solo permanecía la soledad a tu lado, relamías de tus labios con placer. La perfección de su rostro se dibujaba constantemente en tu memoria, esa mirada penetrante, los labios curvados en una sonrisa divertida, el hoyuelo de la mejilla derecha, el revoltijo empapado por la lluvia de su cabello, el color de su suave piel... lento, lento, lento. Disfrutabas la sensación tanto tiempo como durara, antes de que un leve mas importante matiz te encaminara a la espinosa senda de la realidad. Oh, había belleza y diversión en su rostro, calidez en su cuerpo y alegría en su espíritu, pero ni el más mínimo ápice de amor en toda su extensión. La velocidad aumentaba y los límites se tornaban borrosos, perfecto, la ignorancia era tu mayor virtud. Cerrabas los ojos y bailabas en tu habitación, a solas, siempre a solas. Mientras tú imaginabas el tacto del cielo, los brazos de él estrechaban la felicidad de su corazón. Lento, lento, lento. No lo sabías, ¿qué más daba? Vivías en tu propio universo y te contentabas con el brillo de aquellas efímeras estrellas, aplaudiendo ante el espectáculo de luces, cada vez que una de ellas estallaba... demasiado infinito para la inexistencia. El dulce sabor del néctar divino permanecía en tu lengua y paladar y no dudabas en recurrir a ello cuando precisabas de un atisbo de la peculiar angustia del romance. Bastaba para saciar tu sed, mas ésta crecía sin cesar. Lento, lento, lento. ¿Para qué tantas prisas? Disfruta un momento más de tu inocencia.

Una certera noche, el tiempo se reajustó, y tu infinito explotó en miles de luces brillantes, cada una de ellas portaba un pedazo distinto de tu corazón.

Pequeñas cosas del alma.

Comienza pensando en algo, lo que sea. Ahora, imagina todos los detalles de ello, del más grande, al más pequeño. Sí, ahí están, son las pequeñas cosas. Esas sonrisas, miradas... Minucias que parecen despertar tu corazón y alegran tu espíritu, que conforman y solidan tu alma. Todo lo que somos, se resumen en las pequeñas cosas del alma.