Todo va a ir bien, te dicen. Todo
cambiará, todo sucede por alguna razón. Siempre dicen muchas cosas,
sobran las palabras, y niegan los hechos. Un olvido despistado, una
actitud no concordante a tus expectativas, una mirada que no debió
estar ahí, las preferencias siempre hacia lo ajeno, ¿y tú? Tratada
como una mierda, mexan por ti e tes que decir que chove. Duele, un
puño de hierro te aplasta el corazón y notas como tus esperanzas se
escurren al igual que tu sangre, entre esos dedos fríos y
metálicos... Carentes de calidez, de cariño, de cualquier amor o
empatía. Y tragas, tragas todo lo que te echen porque sino, ¿qué
va a ser de ti? ¿Acaso quieres ser otra muñeca de trapo más
olvidada en una esquina, porque cuando te rompiste nadie quiso jugar
más contigo? Prefieres ser una marioneta y que al menos alguien
mueva tus hilos, en algún momento decidiste que era mejor depender
de los demás que tener importancia en algo alguna vez. Con tal de
una mirada, de una sonrisa, ¿para qué? Sabes bien que no eres más
que ese pedazo de tela de la esquina, que tira de sus propios
cordeles fingiendo que la mueven, así, quizás, logres captar la
atención de algún marionetista. Miras hacia arriba con angustia,
deseando llegar a ser como ellos, cada gesto te devuelve a la
realidad con más fuerza. Golpeas el suelo y rebotas un poco, ya no
te duele, eres de trapo, de usar y tirar. ¿Te quieren? Te usan. ¿Ya
no te quieren? Te tiran. Y en los momentos en los que te estrujan
entre sus manos para exprimir hasta la última gota de tu felicidad,
todo lo que puedes dar de ti se convierte en lo que ellos pueden dar
de sí, sonríes por el mero hecho de que te tocaran.
¿Lo más triste de todo?
Eres plenamente consciente de ello.