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miércoles, 9 de enero de 2013

La mayor mentira de la vida, es la propia muerte.


Hacen ya quince años de mi muerte. Los mismos que la edad que tenía en ese preciso instante. El aniversario se notaba en el aire, denso, pesado, húmedo, los habitantes de la casa respiraban por la nariz, en un vano intento de no palpar el moho invisible. Se pegaba a sus lenguas, a su piel, a su paladar y, en fin, a su espíritu. Me preguntaba si ella estaría ahí. ¿Tendría la mujer que me había arrebatado la vida el valor suficiente para, una década y media más tarde, darle el pésame a mi familia? El sedoso ondular de una cabellera negra, similar al movimiento de una culebra acuática reptando por el fango, me dio la respuesta que quería: Sí. Estúpida intrépida. El humo fue ascendiendo poco a poco desde mis pies, hasta que toda mi incorpórea figura se tornó negra. Rabia, dolor, muerte. ¡Venganza! Apreté los labios e hinché el pecho, como si respirase todo el aire de la habitación, para luego expulsarlo en un movimiento que me hizo balancearme hacia delante. Acto seguido, salí despedida hacia arriba. Durante unos segundos, los ladrillos, las tuberías, el polvo y la madera me oprimieron las costillas. Atravesar objetos me provocaba una sensación horrible, como si fuera una pequeña rata tratando de pasar por un hueco demasiado estrecho entre dos paredes para evitar una trampa mortal. Al fin, la libertad. El frío me golpeó el rostro y floté, tumbada, en el cuarto largo rato. Libertad, oh, fría y solitaria libertad. Era como un maravilloso dolor permanente, me sentía tan liviana, tan... tan nada, no era absolutamente nada. Avancé hacia la ventana y, desde ella, observé el jardín, se veía muy lejano desde aquel quinto piso. El pavimento todavía parecía aguijonearme la piel con su ardiente erosión, como si regresara al instante en que caí por el balcón de uno de los muchos ventanales de la mansión, empujada por aquella zorra de guante blanco. Dejé escapar una carcajada ante el horror. La risa siseó por la habitación, rebotando contra las cuatro paredes una y otra vez, aumentando el volumen a cada golpe. Golpes. Apenas lo deseé, se hizo realidad. Bum, bum, bum, bum. Y mi macabra risa de fondo. Como un canto fúnebre.

La mayor mentira de la vida, es la propia muerte.

Y yo había tenido el placer de comprobarlo.




#Creo que, para este pequeño escrito, debo dar alguna explicación de su existencia. Pues bien, no la tiene. Al contrario que la mayoría de mis entradas en este blog, carece de cualquier sentido para mí, no es una metáfora, no es un sentimiento oculto, ni una lágrima, ni una sonrisa, ni nada. Simplemente, fue un momento de inspiración en el cual abrí el OpenOffice ( ¡viva la propaganda encubierta! (: )y comencé a escribir sin pararme a pensar. Y creo que, las cosas incoherentes, también tienen su lugar en esta vida. 

2 comentarios:

  1. No le he visto nada de incoherente, al contrario, me ha gustado mucho. Me gustan los relatos sobre muertes y lo has narrado de una forma muy buena.

    Te estaré cotilleando :)

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    1. ¡Muchas gracias! Lo cierto es que fue una escritura automática que, al final, resultó eso :)

      Encantada :D

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¡Hola! (: ¡Gracias por tu comentario! Como creo que puedes concluír por mi manera de escribir y expresarme en el blog, no lloro, ni suplico por comentarios, ni prometo seguirte si me sigues ni comentarte si comentas, lo que sí puedes tener por seguro es que te agradeceré enormemente que me des tu opinión, sea cual sea C: Así pues, ¡gracias por adelantado! <3