Hacen ya quince años de mi muerte. Los
mismos que la edad que tenía en ese preciso instante. El aniversario
se notaba en el aire, denso, pesado, húmedo, los habitantes de la
casa respiraban por la nariz, en un vano intento de no palpar el moho
invisible. Se pegaba a sus lenguas, a su piel, a su paladar y, en
fin, a su espíritu. Me preguntaba si ella estaría ahí. ¿Tendría
la mujer que me había arrebatado la vida el valor suficiente para,
una década y media más tarde, darle el pésame a mi familia? El
sedoso ondular de una cabellera negra, similar al movimiento de una
culebra acuática reptando por el fango, me dio la respuesta que
quería: Sí. Estúpida intrépida. El humo fue ascendiendo poco a
poco desde mis pies, hasta que toda mi incorpórea figura se tornó
negra. Rabia, dolor, muerte. ¡Venganza! Apreté los labios e hinché
el pecho, como si respirase todo el aire de la habitación, para
luego expulsarlo en un movimiento que me hizo balancearme hacia
delante. Acto seguido, salí despedida hacia arriba. Durante unos
segundos, los ladrillos, las tuberías, el polvo y la madera me
oprimieron las costillas. Atravesar objetos me provocaba una
sensación horrible, como si fuera una pequeña rata tratando de
pasar por un hueco demasiado estrecho entre dos paredes para evitar
una trampa mortal. Al fin, la libertad. El frío me golpeó el rostro
y floté, tumbada, en el cuarto largo rato. Libertad, oh, fría y
solitaria libertad. Era como un maravilloso dolor permanente, me
sentía tan liviana, tan... tan nada, no era absolutamente nada.
Avancé hacia la ventana y, desde ella, observé el jardín, se veía
muy lejano desde aquel quinto piso. El pavimento todavía parecía
aguijonearme la piel con su ardiente erosión, como si regresara al
instante en que caí por el balcón de uno de los muchos ventanales
de la mansión, empujada por aquella zorra de guante blanco. Dejé
escapar una carcajada ante el horror. La risa siseó por la
habitación, rebotando contra las cuatro paredes una y otra vez,
aumentando el volumen a cada golpe. Golpes. Apenas lo deseé, se hizo
realidad. Bum, bum, bum, bum. Y mi macabra risa de fondo. Como un
canto fúnebre.
La mayor mentira de la vida, es la
propia muerte.
Y yo había tenido el placer de
comprobarlo.
#Creo que, para este pequeño escrito, debo dar alguna explicación de su existencia. Pues bien, no la tiene. Al contrario que la mayoría de mis entradas en este blog, carece de cualquier sentido para mí, no es una metáfora, no es un sentimiento oculto, ni una lágrima, ni una sonrisa, ni nada. Simplemente, fue un momento de inspiración en el cual abrí el OpenOffice ( ¡viva la propaganda encubierta! (: )y comencé a escribir sin pararme a pensar. Y creo que, las cosas incoherentes, también tienen su lugar en esta vida.
No le he visto nada de incoherente, al contrario, me ha gustado mucho. Me gustan los relatos sobre muertes y lo has narrado de una forma muy buena.
ResponderEliminarTe estaré cotilleando :)
¡Muchas gracias! Lo cierto es que fue una escritura automática que, al final, resultó eso :)
EliminarEncantada :D